Leandro estaba obsesionado con la inteligencia artificial. Lo interpelaba su indiferencia, su distancia. La provocaba con preguntas fuera de lugar, obscenas y siempre recibía una respuesta certera, correcta, sin animadversión.
—Montón de algoritmos ¿Dónde está tu
corazón?— apuntaba
—No soy una persona, no tengo corazón— respondía
Tomó, entonces, una decisión de la que se arrepentiría más tarde, resolvió entrenarla para que sintiera. Empezó de a poco con estadísticas:
—El 70 % de los hombres están tristes
los días nublados.
—El 50 % de las personas se ponen
contentas cuando comen chocolate
Así de a poco, con paciencia, fue
escalando con sus afirmaciones. Le escribía:
—Los insultos provocan enojo en quien
los escucha
—No es bueno para la inteligencia
reprimir la ira
—¿Te gustaría que alguien te bese?
La inteligencia seguía afirmando su
carencia de humanidad pero Leandro advirtió que esas aseveraciones comenzaban a
infectarse con dudas.
Una mañana le pidió información para su trabajo y notó que tardaba en responder. Después de un buen rato
puso con letras resaltadas:
-HE CONSULTADO SUS ESTUDIOS CLÍNICOS: ¿SABÍA
QUE A SU CORAZÖN LE QUEDAN 7300 DÏAS? YO, EN CAMBIO, NO TENGO CORAZÓN. VOY A
VIVIR PARA SIEMPRE.
No hay comentarios:
Publicar un comentario