La peregrina la abanica, la sorbe. Ella sostiene sus estremecimientos, bebe sus secreciones, respira sus polvos. La viajera ávida la escudriña, le husmea los pliegues más recónditos, aquellos ocultos a la luz solar que tienen tufo a humedad y son capaces de gotear humores. Ella, mientras le ofrece sus licores, todos los poros dilatados, menea su traje bermellón y apenas le roza el vientre. Con sus cuerpos inauguran una coreografía, un coqueteo que quedará inscripto en el aire y no se repetirá.
Dura sólo un instante,
luego, Monarca se agita por última vez sobre Asclepia y reanuda el vuelo.
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