Hoy sabe que falta poco para encontrar el lugar.
Durante toda la infancia, la abuela, le
había hablado de esa ciudad. Le contaba que había muchas riquezas pero también muchos
excesos. Hacía referencia a una historia de amor que había acontecido en ese
lugar y que ella relataba en primera persona – Conocí a Lisandro en la plaza, era un día de fiesta, yo estaba vestida de rojo y él tenía puestas sus botas nuevas y la rastra
con monedas que había fabricado en el
taller donde forjaba metales. Había en
esa época fiestas que duraban mientras
no se acabara la chicha amorosamente fermentada en cada hogar. Entonces,
las mujeres reíamos a toda hora, sin
permiso y eso agradaba a la tierra pero seguramente ofendió a los vecinos que
comenzaron a mirar el lugar como una amenaza.
Allí terminaba siempre la historia.
Lucas la interrogaba ¿Qué pasó con Lisandro? ¿Podemos ir a conocer la ciudad?
La abuela Julia callaba, sostenía que esa parte se había extraviado en su memoria pero que alguna vez iba a volver,
cuando fuera el momento.
La abuela perdió la vista y comenzó a caminar con más dificultad. Lucas inició su marcha por el mundo con apuro, para no desperdiciar nada de lo que se le
ofrecía. Volvía a visitar a la abuela y
ella le pedía que cantara su zamba preferida. Aquel domingo fue distinto,
señaló un armario donde guardaba cartas y revistas, le indicó que buscara una
carpeta de tapas doradas y que la abriera. Apareció una foto en donde se veía a
una pareja de jóvenes abrazados y un papel amarillo con la inscripción “ESTECO”. Con esfuerzo dijo – Ese es el mapa, Lisandro sentía gran apego por ese paraje, no
pudo dejar de mirarlo y allí se quedó.
Desde ese día la búsqueda de Lucas fue incansable. En
oportunidades, creía hallar vestigios de la estatua de piedra que figuraba en
el plano, algunos destellos le hacían creer
que eran los restos de las joyas. Encontró otras ciudades en ruinas,
algunas tenían el sello de la tristeza y la desesperanza de sus antiguos
pobladores, otras mostraban la furia de
la naturaleza pero en ninguna se reveló la libre alegría que le transmitieron
los relatos.
Hoy es distinto, llega la primavera. Hay
un perfume floral que calma el hambre y la sed. Al pie del cerro, desentierra una vasija para fermentar chicha, partes de una rastra y un manojo de
cintas rojas. Su instinto le advierte que ya está muy cerca.
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