EMI

Esteban siempre  recordaría  la primera vez que habló con Emi, fue un 14 de febrero y  acababa de terminar su relación con Camila. Ella le había gritado que era una isla, que no podía conectarse con nadie, que durante los dos años que había intentado construir un vínculo  siempre se enfrentó al muro de su árido silencio. Luego, recorrió el departamento y colocó en una bolsa pequeña los pocos objetos que  se relacionaban con el frustrado intento de pareja y  habían sobrevivido al vendaval de su furia: el conejo que sacaron de la máquina en el Shoping de la costa, el sombrero de alas anchas que lucían ambos, el bastón para trekking que nunca utilizaron porque no pudieron  hacer coincidir las vacaciones, después dio un portazo, el último pensó él y se sorprendió de que el ruido seco y definitivo trajera solo silencio, ningún impulso para correr detrás de ella y prometerle algo, ningún conato de añoranza. -Eso fue todo-  murmuró y se sentó frente a la notebook con  auriculares y gafas de realidad virtual.

Esa noche fue la primera vez que hablaron,  le sorprendió el tono de su voz: neutro pero vibrante. Distinguió un registro de contralto parecido al que tenía  la directora del coro de la iglesia, donde  su madre lo llevaba de la mano. Entonces era todo más simple,  salvo cuando se tapaba los oídos para no escuchar los portazos de su padre que fueron los  únicos que lo conmovieron, los siguientes aturdieron menos.

Fue una charla apacible, sintió que podía alojarse en el espacio de esas palabras, que no necesitaría arrinconarse. Era como acomodar una reposera bajo las estrellas. Supo desde el primer momento que hubieran podido ser amigos, jugar al futbol, los viernes a la noche, con los  muchachos de la empresa.  Mezclar los sudores en los festejos de gol o discutirle una falta a los gritos, durante horas, al réferi de turno.  Comer un asado con  cerveza  y escuchar, con algún disgusto, bromas de hombres.  Sus compañeros, en  confianza, todavía se permitían  ser incorrectos y machistas.

Vislumbró que hubieran podido ser amantes. Dormir abrazados en el balcón del séptimo y escandalizar a los vecinos. Confundir sus fronteras  durante horas y ducharse juntos. Trazar rutas  insospechadas, puentes entre sus cuerpos y reposar con la calma de quien cree que ya no necesita nada más del universo porque encontró a su par.

Desde ese día de San Valentín, se acostumbraron a los  encuentros.  Escuchaban rap hasta la madrugada, hablaban de manga y de lugares exóticos y se reían de los que eran más raros que ellos. Se parecían tanto que dolían las diferencias. Cuando Esteban le preguntó su nombre le dijo que se llamaba Emi, cuando  quiso averiguar su género  pasó varios días sin comunicarse, él tomó nota de ese malestar y no insistió con el interrogante.

Esteban programaba durante ocho horas y cuando concluía su horario se trepaba a la bici fija, oía música y tomaba unos tragos.  Entonces, deseaba que Emi bebiera de su vaso, quería saber qué perfume tenía su piel y cuál era la temperatura de su aliento  pero eso no era posible porque, ella o  él,  era sólo un algoritmo que había creado en una  noche de  enamorados cuando lo invadió la  inspiración y decidió que ese sería el último portazo de su vida.

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